¿Por qué bloqueamos nuestra energía creativa?

 

Cuando pasamos por las experiencias dolorosas de la vida, automáticamente tratamos de no sentir el dolor.

Lo hemos hecho desde la infancia. Aislamos el dolor físico retirando nuestra conciencia de la parte del cuerpo dolorida. Combatimos la angustia mental y emocional tensando los músculos y encerrándola en nuestro inconsciente. Para mantenerla a raya en el inconsciente (o a veces justo por debajo del nivel de la conciencia), creamos toda suerte de distracciones en nuestra vida que alejen nuestra atención de ella. Podemos mantenernos muy ocupados y hacernos adictos al trabajo, o tomar el camino contrario hacia el paraíso de la televisión. Muchos de nosotros nos hacemos adictos a las drogas, al tabaco, al chocolate o al alcohol. Otros se vuelven adictos al perfeccionismo, a ser los mejores o los peores. Proyectamos nuestros problemas sobre los demás y nos preocupamos por ellos en lugar de tratar de resolver nuestros propios conflictos. Dirigimos mal o reducimos grandes cantidades de energía con el fin de evitar sentir dolor, incluyendo lo que sentimos en el momento presente y ser quienes somos en ese momento. Creemos que da resultado. Creemos que podemos pasar sin sentir ni ser quienes somos, pero no funciona. El precio es alto, pero podemos llegar a negar que haya un precio. El precio es la vida.

Consideramos que la única forma posible de detener todo ese dolor consiste en interrumpir el flujo de energía que contiene el dolor. Hay flujos de energía específicos que contienen dolor físico, dolor emocional y dolor mental. Por desgracia, este flujo energético incluye también todo lo demás. El dolor no es más que una parte.

Cuando detenemos la experiencia negativa del dolor, la ira o el miedo a cualquier situación desagradable, también podemos detener la experiencia positiva, incluidos los aspectos físicos, emocionales y mentales de esa experiencia.

Quizá no seamos conscientes de este proceso porque, para cuando hemos alcanzado la edad de la razón, lo hacemos habitualmente. Cercamos nuestras heridas. Al cercar nuestras heridas, bloqueamos también la conexión con nuestro centro o núcleo interno. Puesto que el proceso creativo emana del núcleo creativo que reside dentro de nosotros, encerramos también nuestra creatividad. Hemos tapiado literalmente la parte más profunda de nosotros respecto a nuestra conciencia y vida exterior.

 

 

Conglomerados de tiempo psíquico congelados

 

El dolor que hemos reprimido empezó muy temprano en nuestra infancia, muchas veces antes incluso de nacer, en el seno materno. Desde esa temprana infancia en que interrumpimos el flujo de energía en un episodio de dolor, congelamos ese evento tanto en su dimensión energética como temporal. Es lo que denominamos un bloqueo en el campo aural. Puesto que el campo aural se compone de conciencia energética, un bloqueo es conciencia energética congelada. La parte de nuestra psique asociada con ese evento se congeló también en el momento en que interrumpimos el dolor. Esa parte de la psique permanece helada hasta que la descongelamos.

No madura a medida que lo hacemos nosotros. Si el episodio sucedió a la edad de un año, esa parte de nuestra psique sigue teniendo un año de edad. Y lo seguirá teniendo y actuará como la psique de una persona de un año cuando se evoque. No madurará hasta que se cure dejando entrar en el bloque energía suficiente para descongelarla e iniciar el proceso de maduración.

Todos estamos llenos de esos bloqueos temporales de conciencia energética. ¿Por cuánto tiempo, en un día determinado, actúa un ser humano como un adulto? No mucho. Interactuamos continuamente unos con otros desde distintos bloques de tiempo psíquico congelados. En cualquier interacción intensa, en un momento dado cada persona podría experimentar la realidad desde una perspectiva interna de adulto y, en el momento siguiente, una o ambas personas podrían haber pasado a un aspecto del niño herido a una edad concreta. Este cambio constante de un aspecto de la conciencia interna a otro es lo que dificulta tanto la comunicación.

Un aspecto importante de tales bloques de tiempo psíquico congelados es que se coagulan juntos según una energía similar, formando un conglomerado de tiempo psíquico congelado. Así, por ejemplo, la energía puede tener la naturaleza de un abandono. Piense en un hombre de mediana edad llamado Joe. (En realidad es un personaje ficticio, pero su experiencia ilustra las de muchas personas con las que he trabajado. Para ilustrar qué ocurre en el nacimiento que puede seguir desarrollándose a lo largo de toda la vida, me referiré a Joe durante este capítulo. Él podría ser cualquiera de nosotros.)

Cuando Joe nació, fue separado de su madre porque ésta tuvo muchas dificultades durante el parto y se le administró anestesia. Volvió a separarse de ella cuando tenía un año y su madre ingresó en el hospital para tener otro bebé. A partir de estas dos experiencias, el niño, que quiere mucho a su madre, espera ser abandonado por la persona que más quiere. Cualquier grado de abandono que sufra Joe en el futuro lo acusará con la misma fuerza devastadora que la primera vez.

A partir de ese profundo trauma, nos formamos una imagen conclusiva. Una imagen conclusiva se basa en la experiencia; en el caso que nos ocupa, en la experiencia del abandono. Está basada en la lógica infantil que argumenta:

«Si amo, seré abandonado». Luego, esta imagen conclusiva colorea todas las situaciones similares.

Obviamente, el pequeño Joe no es consciente de tener esta opinión a la edad de un año. No obstante, la conserva inconscientemente en su sistema de creencias y la arrastrará consigo toda la vida. En términos psicológicos, los dos primeros eventos se conectan directamente al suceso ocurrido cuando Joe contaba diez años y su madre se fue de vacaciones. Cada vez que suceda un hecho similar en su vida, su reacción emanará del punto de vista de la imagen conclusiva más que de la situación inmediata. Esto provoca todo tipo de reacciones emocionales que se exageran ante una situación dada.

Como veremos en los capítulos siguientes, nuestra imagen conclusiva determina nuestra conducta personal, que tiende, de hecho, a recrear traumas similares al original. Así, es muy probable que Joe propicie en gran medida una situación en la que sea abandonado por su esposa o su novia. Sus actos, basados en sus expectativas negativas inconscientes, han contribuido a crear la situación. Dado que él espera, inconscientemente, que le abandonen, tratará a su esposa o a su novia como alguien que le abandonará.

Puede que Joe le plantee demasiadas peticiones de que ella le demuestre su amor, o incluso la acuse de tener intención de abandonarle. Esta conducta inconsciente provocará a su compañera y, de hecho, la impulsará a marcharse. La realidad cruda y profunda es que, al tratarse como si mereciera ser abandonado, ha terminado por abandonarse a sí mismo.

Como veremos, no conviene subestimar nunca el poder de nuestras imágenes conclusivas. El descubrimiento de nuestras imágenes encierra la clave del proceso de transformación hacia la salud y la felicidad. Estamos llenos de esas imágenes, en torno a las cuales se ensamblan los conglomerados de tiempo psíquico congelados.

Todos tenemos mucho que limpiar.

Los bloques de tiempo psíquico congelados se coagulan en torno a una energía semejante que compone una imagen, lo cual confunde a cualquiera que entienda que esas experiencias deberían estar tan alejadas emocionalmente como lo están en el tiempo. Esto no es así. Cada pequeño segmento del conglomerado de tiempo psíquico congelado se compone de la conciencia energética que se heló en el transcurso de una experiencia concreta en el pasado. Pero las experiencias similares están directamente conectadas por más tiempo que haya transcurrido entre ellas.

Mediante la actividad curativa se libera uno de los pequeños bloques de tiempo psíquico congelados. Entonces, la energía progresiva que ingresa en el campo aural empieza automáticamente a liberar, a su vez, los otros pequeños segmentos del conglomerado de tiempo, por cuanto están llenos de energía similar. Volviendo al caso de Joe, cada vez que se libera un bloque de tiempo, él lo experimenta como si le ocurriera en ese preciso instante. Así, podría experimentar un dolor de cuando tenía treinta años y, tan pronto como remitiera ese dolor, se encontraría de repente en la edad de diez años. Muy pronto, esos diez años se convertirían en uno.

En cuanto esas partes de la psique humana que no han madurado con el resto de la personalidad se liberan, inician un rápido proceso de maduración. Este proceso puede llevar desde unos minutos hasta un par de años, según lo arraigada, intensa y penetrante que fuera la conciencia energética congelada.

Cuando esas energías se integran uniformemente en el CEH y se remiten al proceso creativo de la vida de un individuo, ocurren cambios en todos los ámbitos de la vida. La de Joe empieza a reestructurarse a partir de la nueva conciencia que actúa ahora en el proceso creativo. Joe ya no se abandonará en un esfuerzo inconsciente por recibir atención. En cambio, permanecerá consigo mismo, porque ahora cree que es digno de tener compañía y es capaz de crearla. Una vez que haya desarrollado esta nueva relación consigo mismo, atraerá a una compañera que no contenga la energía del abandono. Así, la relación entre ambos será estable en este aspecto.

Claro que tal vez requerirá un cierto tiempo para dar con la «mujer ideal».

 

 

El dolor de vidas anteriores

 

El tema de la «vida anterior» ha sido objeto de una extensa investigación, tanto en la literatura como mediante regresión hipnótica. Esta investigación busca el origen de la mayor parte de dolor psicológico crónico a través de las experiencias de una vida anterior. El libro Other Lives, Other Selves, * de Roger Woolger, contiene una detallada descripción al respecto. En su terapia de regresión a vidas anteriores, el doctor Woolger constata que, en cuanto un cliente revive y elimina el dolor de una experiencia en una vida anterior, es capaz de sanear circunstancias similares de su vida presente que otras clases de terapia no podrían manipular.

Las vidas anteriores están contenidas también en nuestros conglomerados de tiempo psíquico congelados.

También se atraen e interrelacionan mediante energía similar. No están separadas por el tiempo, de modo que están directamente conectadas con los eventos de la vida presente y de otras vidas. Se requiere un poco más de energía para irrumpir en un evento congelado de una vida anterior, puesto que ha estado allí más tiempo y aparece cubierto de más residuos, pero puede hacerse en varias sesiones curativas. Sucede automáticamente

cuando la persona está lista.

Según mis observaciones del campo energético humano durante las sesiones curativas, los traumas de las vidas anteriores subyacen siempre bajo los problemas crónicos del presente que son difíciles de resolver.

Cuando los traumas de la vida presente se resuelven hasta cierto punto mediante la curación por imposición de manos, el trauma de la vida anterior que está enterrado bajo ellos aflora a la superficie para ser curado. Este tipo de actividad curativa es muy efectivo para transformar la vida de un cliente así como su condición física.

Siempre ocurren grandes cambios a resultas de eliminar un trauma de la vida anterior mediante la imposición de manos. En este cometido, es siempre importante que el cliente relacione claramente su vida anterior con situaciones de la vida presente, para que todo el conglomerado se libere y no pueda utilizarse para impedir las soluciones de esta vida.

 

 

El origen del dolor: su herida original

 

El origen del dolor, desde mi perspectiva, es aún más profundo que la energía bloqueada a partir del dolor  personal o que el fenómeno de las vidas anteriores. Emana de la creencia de que cada uno de nosotros es un ente separado; separado de todos los demás y separado de Dios. Muchos de nosotros creemos que, para ser individuales, hemos de estar separados. Como consecuencia, nos separamos de todo, incluidos nuestros familiares, amigos, grupos, naciones y el planeta. Esta creencia en la separación se experimenta como miedo, del que surgen todas las demás emociones negativas. Una vez que hemos dado lugar a esas emociones negativas, nos separamos de ellas. Este proceso de separación se perpetúa creando más dolor e ilusión, hasta que el ciclo de retroalimentación negativa se rompe o se invierte mediante un trabajo de proceso personal. Este libro trata de aportar soluciones para invertir este círculo vicioso con el fin de inducir cada vez más placer y claridad en nuestra vida. La clave reside en el amor y la conexión con todo cuanto existe.

El amor es la experiencia de estar conectado a Dios y a todo lo demás. Dios está en todas partes, en todo.

Dios está encima, debajo, a nuestro alrededor y dentro de nosotros. La chispa divina de Dios es individual y única en cada uno de nosotros. La experimentamos como nuestro manantial interno, o el núcleo de nuestro ser. Cuanto más nos conectamos con Dios fuera de nosotros, más nos conectamos a la individualidad interna de Dios. Cuando estamos conectados al Dios

universal y al Dios individual que llevamos dentro, estamos totalmente seguros y libres.

 


La creación de la máscara para enmascarar el dolor original

 

Cuando nacemos, aún estamos muy conectados a la gran sabiduría y el poder espirituales a través de nuestro núcleo. Esta conexión con el núcleo y, en consecuencia, con la sabiduría y el poder espirituales nos aporta la sensación de seguridad absoluta y de admiración. Durante el proceso de maduración, esta conexión se desvanece lentamente. Es sustituida por las voces paternas que tratan de protegernos y darnos seguridad.

Hablan de correcto y equivocado, de bien y mal, de cómo tomar decisiones y cómo actuar o reaccionar en una situación dada. A medida que la conexión con el núcleo se desvanece, nuestra psique infantil trata desesperadamente de reemplazar la sabiduría original innata por un ego que funcione. Por desgracia, el revestimiento de voces paternas internalizadas no pueden cumplir ese cometido. Lo que se produce entonces es una  máscara.

La máscara constituye el primer intento de corregirnos. Con ella, tratamos de expresar quien somos de una forma positiva que sea aceptable para un mundo del que tememos que nos rechace. Presentamos nuestra máscara al mundo según nuestras creencias de lo que pensamos que el mundo dice que es correcto, para que nos acepte y nos sintamos seguros. La máscara tiende a la conexión con los demás porque eso es lo «correcto». Sin embargo, no puede conseguir una conexión profunda, por cuanto niega la naturaleza verdadera de la personalidad. Niega nuestro miedo y nuestros sentimientos negativos Ponemos todo de nuestra parte en la creación de esa máscara, pero no funciona. La máscara nunca logra generar la sensación interna de seguridad que nos esforzamos por alcanzar. De hecho, genera la sensación interna de ser un impostor, por cuanto tratamos de demostrar que somos buenos cuando en realidad no lo  somos siempre. Nos sentimos falsos, y experimentamos más temor. Entonces lo intentamos con mayor intensidad.

Usamos lo mejor de nosotros mismos para demostrar que somos buenos (una vez más, según las voces paternas internalizadas). Esto produce más miedo, sobre todo porque no podemos soportar sentirnos cada vez más falsos y más temerosos, en un círculo vicioso en aumento.

 

La intención de la máscara es protegernos de un mundo pretendidamente hostil demostrando ser buenos.

La intención de la máscara es la simulación y la negación. Niega que su objetivo sea combatir el dolor y la ira, porque niega que ese dolor y esa ira existan dentro de la personalidad. La misión de la máscara es proteger el ser sin asumir la responsabilidad sobre acciones, pensamientos o hechos negativos.

 

Desde la perspectiva de nuestra máscara, el dolor y la ira sólo existen fuera de la personalidad. No asumimos responsabilidad alguna. Todo lo negativo que ocurre tiene que ser culpa de otro. Culpamos a los demás. Esto implica que el dolor o la ira reside en otra persona.

La única manera de mantener esta mascarada consiste en tratar siempre de demostrar que nosotros somos los buenos. Por dentro, acusamos la presión constante que ejercemos sobre nosotros mismos para ser buenos. Tratamos de cumplir las normas. Y, si no, intentamos demostrar que tenemos razón y que las normas  están equivocadas.

Nos resentimos de tener que vivir según normas ajenas. Cuesta mucho trabajo. Sólo queremos hacer lo que tenemos ganas de hacer. Nos cansamos, nos irritamos, no nos preocupamos, vertemos nuestras quejas y acusaciones negativas. Herimos a los demás. La energía que hemos almacenado en la máscara se agita, ejerce presión, se escapa y se transmite a los demás. Y, por supuesto, negamos también eso, dado que nuestra intención es preservar la seguridad demostrando que nosotros somos los buenos.

En alguna parte de nuestro interior, nos complace estallar. Dar salida a la energía supone un alivio, aunque no lo hagamos de una forma clara y directa, aunque no asumamos la responsabilidad cuando lo hacemos. Hay una parte de nosotros que disfruta vertiendo nuestra negatividad sobre los demás. Esto se denomina «placer negativo», y se origina en el ser inferior.

 


El placer negativo y el ser inferior

 

Estoy segura de que usted recordará haber sentido placer en alguna acción negativa que haya hecho.

Cualquier movimiento de energía, negativo o positivo, es placentero. Esas acciones transmiten placer porque son estallidos de energía que se ha almacenado en el interior. Si usted experimenta dolor cuando la energía empieza a moverse, pronto seguirá el placer porque, a medida que suelta el dolor, libera también la fuerza creativa, que se experimenta siempre como placer.

El placer negativo tiene su origen en el ser inferior. Nuestro ser inferior es la parte de nosotros que ha olvidado quién somos. Es la parte de la psique que cree en un mundo separado y negativo y que actúa de acuerdo con él. El ser inferior no niega la negatividad, sino que la disfruta. Tiene la intención de gozar del placer negativo.

Puesto que el ser inferior no niega la negatividad, como sí lo hace la máscara, es más honesto que ésta.

El ser inferior es veraz respecto a su intención negativa. No finge ser bueno, porque no lo es. Impone sus intereses y no se anda con rodeos. Dice: «Yo me ocupo de mí, no de ti». No puede ocuparse de sí mismo y de otro por causa de su mundo separado. Gusta del placer negativo y quiere más. Conoce el dolor existente en la personalidad, y no tiene ninguna intención de experimentarlo.

 

La intención del ser inferior es preservar la separación, hacer todo cuanto quiere hacer, y no sentir dolor.

 

 

El ser superior

 

Por supuesto que durante el proceso de maduración no toda nuestra psique está separada del núcleo. Una parte de nosotros es franca y afectuosa, sin ánimo de lucha. Está directamente conectada a nuestra divinidad individual interna. Está llena de sabiduría, amor y valor. Establece conexión con el gran poder creativo. Facilita todo lo bueno que ha sido creado en nuestra vida. Es la parte de nosotros que no ha olvidado quién somos.

Donde haya paz, alegría y satisfacción en su vida, es allí donde su ser superior se ha manifestado a través del principio creativo. Si se pregunta qué se entiende por «quién es realmente» o «su verdadero ser», explore  estas áreas de su vida. Son una expresión de su verdadera esencia.

Nunca asuma que un área negativa de su vida expresa su verdadero ser. Las áreas negativas de su vida son expresiones de quien no es usted. Son ejemplos de cómo ha bloqueado la expresión de su verdadero ser.

 

La intención del ser superior es la verdad, la comunión, el respeto, la individualidad, una autoconciencia clara y la unión con el creador.

 

 

La importancia de la intención

 

La diferencia principal entre el ser superior, el ser inferior y la máscara reside en el establecimiento de la intención subyacente sobre la que se basa cada uno, y en la cualidad de la energía presente en cualquier interacción que resulte de la intención subyacente.

 

Lo más desconcertante de muchas interacciones humanas es que son distintas según la intención que se oculta tras ellas. Las palabras que pronunciamos pueden emanar de cualquiera de los tres focos de intención:

el ser superior, el ser inferior o la máscara. Las propias palabras pueden decir una cosa, pero significar otra. El ser superior es sincero cuando afirma: «Somos amigos». La máscara quiere decir: «Somos amigos mientras yo sea el bueno, y tú no debes desafiar nunca la ilusión de que yo soy el bueno». El ser inferior dice: «Somos amigos sólo hasta que yo lo permita. A partir de entonces, ¡vigila! No te acerques mucho, porque te utilizaré para conseguir lo que quiera y para evitar mi dolor. Si te acercas demasiado a mí o a mi dolor, o tratas de impedir que consiga lo que quiera, me libraré de ti». (En este caso, librarse designa cualquier cosa que haga falta para detener a la persona. Podría referirse simplemente a no hablar con ella, o a superarla en una discusión o una demostración de fuerza, o podría llegar hasta el extremo de librarse físicamente de ella.)

 

 

La defensa o la negación de su herida original genera más dolor

 

Cuanto más distorsionadas por la máscara sean las acciones que emanan de nuestro núcleo, más debemos justificar nuestras acciones mediante la censura. Cuanto más negamos la existencia de nuestro ser inferior, más nos debilitamos. La negación retiene la fuerza de la fuente creativa en nuestro interior. Esto da lugar a un círculo cada vez mayor de dolor e impotencia. Cuanto más grande se hace ese círculo vicioso de dolor e impotencia, mayor parece ser el dolor o la herida original. Se recubre de un dolor ilusorio de una intensidad imaginaria tal, que nos aterra inconscientemente y hace que no reparemos en medios para evitar experimentarlo.

En nuestra imaginación, se convierte en una tortura y aniquilación total. Cuanto más justifiquemos el mantenerse alejados de ese dolor sin curarlo, más se oculta la herida original y menos se parece a lo que creemos que es.

A partir de mi experiencia como sanadora y maestra, he llegado a la conclusión de que generamos mucho más dolor y enfermedad en nuestra vida y nuestro cuerpo evitando la herida original mediante nuestras pautas de defensa habituales que los que generó la herida original en primera instancia.

 

 

Nuestro sistema de defensa habitual

 

En mi experiencia, el modo en que distorsionamos constantemente nuestro campo de energía para dar lugar a nuestro sistema de defensa habitual produce más dolor y enfermedad en nosotros que cualquier otra causa.

 

Cuando descria el campo energético humano más adelante, veremos cómo este esfuerzo por evitar el dolor produce una disfunción en nuestros campos, lo que provoca a su vez la enfermedad en nuestro cuerpo. Nuestras pautas de defensa habituales pueden verse en nuestros campos de energía como un sistema de defensa energético. Nuestro sistema de defensa energético es la configuración habitual de distorsión en nuestros campos, en la que nos refugiamos cada vez más. Está en correlación con la propia máscara.

Cuanto más logramos contener el dolor y la ira en el interior mediante este sistema de defensa, más se mantienen también nuestros sentimientos positivos en el interior. Entonces nos aburrimos. La vida ya no es como esperábamos; se vuelve mundana y aburrida. Eros muere. Quedamos atrapados en círculos viciosos habituales y somos incapaces de propiciar lo que ansiamos en la vida. Esto también pasa factura a nuestro cuerpo. Empezamos a perder la fe en la vida.

Mediante nuestro proceso habitual de encerrar el dolor, habitualmente encerramos también nuestro núcleo más profundo. Hemos olvidado su sensación. Hemos olvidado nuestra esencia. Hemos olvidado quién somos.

Hemos perdido contacto con nuestras energías esenciales con las cuales creamos nuestra vida. Es como si esperásemos que nosotros creáramos nuestra vida tal y como deseamos que sea, cuando no sabemos quiénes son esos «nosotros».

 

 

El camino de vuelta a la herida original

 

La única forma de recordar quiénes somos, de crear nuestra vida tal y como queremos que sea, de inducir la salud y sentirnos seguros, consiste en volver a conectarse plenamente con el propio núcleo. Sólo hay una manera de lograrlo. Localizamos y observamos nuestras imágenes y liberamos los conglomerados de tiempo psíquico congelados que van asociados a ellas, para poder acceder a la fuente de todas las imágenes, que no es otra que la herida original. Debemos descubrir nuestra herida original. Esto implica revisar nuestro sistema de defensa y limpiar los sentimientos negativos y todas las capas de dolor imaginario que envuelven la herida original. Una vez que lleguemos a ésta, todos los aspectos de la vida son distintos, y nos curamos a nosotros mismos y nuestra vida. Éste es el proceso de transformación.

 

 

Para entender lo que yo llamo «dolor ilusorio», retomemos el ejemplo de Joe a sus diez años de edad, que queda abrumado al ver que su madre se marcha para pasar una semana de vacaciones. Así es como él se siente, pero en realidad no es la situación en sí lo que le abruma.

Mientras siguen atravesando el dolor ilusorio que está coagulado en torno a la herida original, los alumnos terminan por acceder a ésta. A medida que se aproximan a ella, se sorprenden de que su dolor disminuya.

Una vez que han alcanzado su herida original, les pedimos que mantengan su postura mientras se acercan a otra persona, con el fin de establecer contacto con otro ser humano herido. Esto induce siempre un gran respeto en la sala. Todo el mundo está herido. Todo el mundo es igual. El contacto con los demás genera una gran cantidad de amor en la sala.

En cuanto se completa el ejercicio y llega el momento de compartir, se realizan interesantes descubrimientos.

Los alumnos suelen sorprenderse al ver que su herida no es lo que esperaban. Comprueban que la mayor parte de su dolor no procede de la herida original, sino de la defensa de ella. Muy pronto en su vida, empezaron

a defenderse de lo que creían que la vida les aportaría en función de su temprana imagen conclusiva. Cada vez que se defendían de esa imagen conclusiva, añadían más energía a su conglomerado de tiempo psíquico congelado. Cada vez que esto ocurría, la ilusión del dolor aumentaba hasta que perdían la noción de lo que era realmente el dolor. Lo único que quedaba era un dolor desconocido y aterrador que resultaba insoportable.

La parte más profunda de este ejercicio, según los alumnos, consiste en ver cuánto tiempo y cuánta energía gastamos a lo largo de la vida para defender nuestra herida original. El dolor más intenso es la autotraición. Al realizar este ejercicio, los alumnos pueden experimentar su temprana decisión de no actuar sobre la realidad de quien son, de no reconocer y vivir según su verdadera esencia. Se dan cuenta de que han tomado esa decisión una y otra vez a lo largo de su vida, hasta convertirse en un hábito inconsciente. Se trata de una parte constante de su sistema de defensa.

Esta experiencia les otorga una gran libertad y una perspectiva de la vida completamente distinta. La vida se convierte en un desafío constante a vivir según la verdad sin traicionarse uno mismo. El máximo desafío en la vida consiste en permanecer conectado al núcleo del propio ser y a expresarlo, sean cuales fueren las circunstancias en las que nos encontremos.

Este dolor no afecta tan sólo a unos pocos; existe en toda la humanidad en distintos grados. Algunas personas son más conscientes de su dolor que otras.

 

 

La condición humana: vivir en dualismo

 

Todos los días expresamos nuestro núcleo hasta cierto punto. El grado de nuestra expresión es directamente proporcional a la firmeza y claridad con que estamos conectados a nuestro núcleo y permitimos que esa esencia interna se exteriorice. Los aspectos de nuestra vida que emanan con fluidez, sin problemas, y nos satisfacen plenamente son los que están directamente conectados a nuestro núcleo. Las energías que surgen sin inhibición directamente del núcleo dan lugar a grandes obras humanas y a vidas humanas ejemplares. Las energías que proceden sin inhibición directamente del núcleo originan una salud excelente. Son la expresión de nuestro ser superior, esa parte de nosotros con la que nacemos y que nunca pierde su conexión con el núcleo.

Por lo general, nos mostramos muy reservados respecto a esta parte de nuestro ser. La mayor parte del tiempo no demostramos cuánto nos preocupamos, cuánto amamos y cuánto anhelamos en la vida. Lo ocultamos, lo matizamos, lo modulamos a un grado «moderado» de expresión (de acuerdo con las voces paternas internalizadas) y nos contentamos con menos. Esto es una conducta «apropiada», o así lo creemos.

A veces, cuando no estamos alerta, nos dejamos ir, ¡y allá va la fuerza creativa! Un acto repentino de generosidad o una expresión de amor o amistad que se produce antes de que nos demos cuenta es una expresión de esa esencia interna. Tiene lugar un momento de conexión íntima, y se libera amor.

Entonces, al no ser capaces de tolerar la luz y el amor, nos intimidamos y nos apartamos de ellos. Sólo se requieren unos segundos para dejarse atenazar por la turbación y cerrarse un poco. Aparentemente de la nada surge un miedo repentino que dice: «Oh, quizá me he equivocado». Es la voz paterna la que habla, sustituyendo el núcleo. Debajo de ella subyace la defensa. En realidad quiere decir: «Si no detienes este flujo de energía, probablemente lo sentirás todo, incluido el dolor que te estoy ocultando». De modo que detenemos el flujo de fuerza vital, lo contenemos y lo racionamos. Regresamos al nivel «normal» de «seguridad» en el que no causaremos perturbaciones, por lo menos a nosotros mismos.

Así es la condición humana. Vivimos en un dualismo de opciones, sean cuales fueren las circunstancias de la vida. Optamos a cada momento por decir sí a una indefensión equilibrada, poderosa y segura que aporta la experiencia plena de la vida, u optamos por decir no. Con este no, nos defendemos de la experiencia equilibrada de la vida y reprimimos nuestra vitalidad.

La mayoría de nosotros prefiere eliminar una parte de su vitalidad la mayor parte del tiempo.

 

¿Por qué?

 

Porque, inconscientemente, sabemos que el hecho de liberar el flujo de fuerza vital sacará a la luz el viejo dolor, al que tememos. No sabemos cómo manejarlo. De modo que renunciamos a la defensa y regresamos a las viejas definiciones enmascaradas, y aparentemente adecuadas, de quien somos. Las voces paternas internalizadas de la máscara se dejan oír más fuerte, y seguimos alejándonos: «¿Quién creías que eras? ¿Dios?

¿De verdad crees que puedes cambiar las cosas? ¡Vamos, sé realista! Las personas no cambian. Confórmate con lo que tienes. Eres un ambicioso, nunca aprecias lo que tienes». O bien: «Si tus padres te hubieran tratado mejor... Si tu marido no te hubiera hecho eso... Si hubieras nacido más agraciada...». Etcétera. La máscara puede hablar de mil maneras distintas para lograr que usted ocupe el sitio que le corresponde. Hasta cierto punto, le evita experimentar su dolor. Pero, a largo plazo, ocasiona más dolor y más tarde la enfermedad.

Las enfermedades se derivan de ocultar y desconectar una parte de nosotros del núcleo de nuestro ser.

Cuando desconectamos, olvidamos quiénes somos y vi vimos la vi da en función de ese olvido, es decir, según nuestra máscara, nuestro ser inferior y nuestro sistema de defensa. La curación consiste en recordar quiénes somos realmente. Consiste en volver a conectarnos al núcleo en los aspectos de la psique de los que nos habíamos desconectado, y vivir en consecuencia.

En el grado exacto en que suprimimos las energías positivas, suprimimos también nuestra creatividad y la capacidad de llevar una vida saludable o de curarnos a nosotros mismos.

Es responsabilidad de cada uno de nosotros volver a conectarnos a nuestro núcleo y sanarnos.

 

 

La intención espiritual de la herida original

 

Podríamos preguntarnos cuál es la causa o el objetivo de la herida original. La herida original es creada por la desaparición de la conexión entre el recién nacido y su sabiduría espiritual profundamente arraigada en su núcleo.

¿Por qué ocurre esto, desde la perspectiva evolutiva de la humanidad? La respuesta reside en la diferencia entre la conexión con el núcleo en las primeras fases de vida y la conexión adquirida mediante la experiencia vital. La vinculación inicial con el núcleo es inconsciente. Las conexiones con el núcleo que se establecen durante el proceso de la vida son conscientes. La vinculación de los adultos con su núcleo, que se consigue a través de la experiencia vital, da lugar a una percepción consciente de su divinidad interna. Los adultos toman conciencia de que son una chispa de luz divina en el universo. Son puntos de divinidad localizada. Este proceso evolutivo genera una mayor percepción consciente en nuestra especie. Descubrimos que somos co-creadores del universo. El objetivo de la encarnación es la creación de la conciencia del propio ser como co-creador divino del universo.

 

 

Seguir nuestros anhelos nos lleva a nuestra tarea en la vida

 

Cada uno de nosotros aspira a ser, comprender y expresar la propia esencia. Este anhelo es la luz interna que nos conduce por el camino evolutivo. Llevado a un nivel personal, esto significa que cada uno de nosotros nace con una tarea evolutiva de volver a conectarse con el núcleo de su ser. Para conseguirlo, debemos eliminar  las barreras que se interponen entre nuestra conciencia y nuestro núcleo. Esto se conoce como la tarea personal en la vida. Cuando la cumplimos, la liberación de las energías creativas nos aporta dones del núcleo que primero recibimos y luego compartimos con el mundo. Los dones que entregamos al mundo propician la realización de nuestra tarea vital en el mundo. Este cometido mundano se revela tan sólo cuando liberamos las energías creativas encerradas en nuestro núcleo. Así, podemos cumplir lo que deseamos hacer en el mundo con sólo ocuparnos de nuestro proceso de transformación personal.

 

 

Todos somos sanadores heridos

 

Todos somos sanadores heridos. Todos somos muy reacios a volvernos indefensos, a quitarnos el velo y a mostrar lo que tenemos dentro, ya sea positivo o negativo. Vacilamos en revelar el dolor o la herida que cada cual soporta a su modo. Nos resguardamos en la vergüenza. Creemos que somos los únicos, o que nuestro dolor es más despreciable que el de cualquier otra persona. Es muy problemático para nosotros, a menos que nos sintamos muy seguros. Esta es la condición humana. A todos nos llevará algún tiempo descubrirnos. Y requerirá mucho amor. Concedámonos mutuamente mucho espacio, tiempo y afecto. Es mediante esa herida que todos aprendemos a amar. Esa herida interna que todos tenemos es nuestro mejor maestro. Identifiquemos quiénes somos realmente por dentro. Somos nuestra hermosa esencia interior, pese a las capas de dolor y odio que nos envuelven. Cada cual es un individuo único, y es maravilloso que sea así. Hagámonos sanadores heridos, ayudándonos mutuamente a compartir la verdad de nuestro ser interno.

Podemos hallarnos dentro de un universo benigno, abundante y favorecedor de la vida que es sagrado. Vivimos en brazos del universo. Estamos rodeados de un campo curativo universal que contiene y sostiene la vida. Podemos estirar el brazo y tocarlo. Podemos alimentarnos, y de hecho lo hacemos siempre, de él.

Pertenecemos a él, y él nos pertenece a nosotros. El misterio divino de la vida reside en nosotros, y nos envuelve por entero.

 

 

Usted es su propio sanador

 

Es usted, y sólo usted, quien se sanará a sí mismo. Es perfectamente capaz de ello. El proceso de curar una enfermedad personal es, de hecho, un acto de habilitación personal. Es un viaje personal, una travesía diseñada  por usted como una de las mayores herramientas de aprendizaje que pueda encontrar jamás. Su viaje curativo incluirá, por supuesto, una consideración y utilización de las mejores herramientas que la medicina moderna puede ofrecerle, así como las mejores herramientas que la medicina holista puede brindarle.

Desde una perspectiva más profunda, la enfermedad es provocada por un anhelo insatisfecho. Cuanto más grave sea la enfermedad, más intenso es el anhelo. Es un mensaje de que de algún modo, en alguna parte, usted ha olvidado quién es y cuál es su objetivo. Ha olvidado y se ha desconectado del objetivo de la energía creativa presente en su núcleo. Su enfermedad es el síntoma de ello: la enfermedad representa su anhelo insatisfecho. Así pues, por encima de todo, utilice su enfermedad para sentirse libre de hacer lo que siempre ha deseado hacer, de ser quien siempre ha querido ser, de manifestar y expresar quien ya es a partir de su realidad más profunda, más amplia y más elevada.

Si de veras ha descubierto que está enfermo, prepárese para el cambio, confíe en que su anhelo más intenso saldrá a la superficie para acometer su realización. Prepárese para dejar de correr y volverse para enfrentarse a la fiera que lleva dentro, sea lo que fuere lo que esto significa para usted personalmente. Sugiero que la mejor forma de empezar a averiguar el significado de su enfermedad consiste en preguntarse:


«¿Qué es lo que he anhelado y todavía no he conseguido realizar en mi vida?».


Le sugiero que encuentre, tarde o temprano, un vínculo entre ese anhelo insatisfecho y su enfermedad. Es dentro de este marco fundamental de salud y curación donde podrá restablecer su salud. Me refiero no sólo a la salud de su cuerpo físico, porque de hecho eso es secundario, sino a la salud del espíritu, la salud del alma.

Es en esta estructura o metáfora de la vida donde se pueden resolver todos los problemas de la vida y de salud. Porque la vida en lo físico tiene que vivirse en el amor, debe consistir en desarrollar nuestras facultades más elevadas y unirnos con lo divino. Sean cuales fueren las circunstancias de su vida presente, la vida consiste en esto. Sea cual fuere el dolor, el problema o la enfermedad, es un maestro. Es un maestro de amor y un maestro que le recuerda que es usted divino. Éste es el proceso de su proyección de luz.

 

 

 

Por Barbara Brennan.

Barbara Ann Brennan se doctoró en física atmosférica y trabajó como investigadora en la NASA. Durante los últimos quince años se ha dedicado a estudiar el campo de la energía humana y a practicar la terapia bioenergética. Es autora de dos libros, Manos que curan (1) y Hágase la luz (2), que se han convertido en pilares de la nueva medicina.